El truquemé

Según entré en la habitación, tú estabas ahí, con tus ojos cereza taladrando mi escondite. Viniste a buscarme al fondo de mi madriguera, y más aún, me tomaste de la mano.
Sentí tu tacto como esas mantas que sosiegan el gélido aliento de diciembre. Fuera llovía. Y de pronto un estruendoso alarido retumbó en la estancia. Me apretaste fuerte y deslizaste un objeto en mi mano izquierda:
- Corre por tu vida
Pero tu voz ya casi no sonaba humana.
Volé fuera de la habitación, la llave ardía, y temblando pude abrir la puerta.
Seguía lloviendo fuera. Un viejo truquemé de tiza se iba deshaciendo en el patio.
Recordé nuestros juegos de niños, cuando todo era posible. Y eché a correr.
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