Comentario de texto: la intención.
El profesor nos ha otorgado libertad absoluta para comentar este texto
desde cualquier punto de vista.
Los comentarios de los planos fonológico, sintáctico y morfológico, por el tiempo que llevo sin practicarlos, pueden quizá quedar un poco idem, es decir, planos, sin profundidad, algo desnudos y avergonzados. Así que procedo a un acercamiento más sensorial.
Cojo el texto entre las manos y lo siento suave… posee ciertos ecos autobiográficos que incitan a las palabras a pegarse en mis dedos. Me resulta fácil identificarme (con salud, gracias a Dios) con ese exdirectivo que colgó los hábitos empresariales y se encontró en las aulas de filología con la autora del artículo.
Por ahí se produce el anclaje. La autora evidentemente no podía saber que cuatro años y medio después de haberlo escrito, su artículo se posaría sobre una madre de adolescentes exprogramadora de JAVA, que comparte aula de Máster con veinteañeros.
El anclaje es importante. La significatividad. En el aula es fundamental.
Profesor entra en clase y dice: “¿Qué pensáis de lo que comentó ayer Vinicius?”
Automáticamente a quince adolescentes las orejas se les transforman en antenas y ya hemos establecido comunicación.
En el caso de este artículo el anclaje se ha producido sin intencionalidad por parte de la autora. Pero… ¿es que acaso importa?
Recuerdo cuando estudiaba ciertas asignaturas de arte en la universidad. El profesor solía reírse de los que buscan intencionalidad por parte del autor en las pinturas abstractas.
Es fácil fijarse - yo misma incurro en ese proceso - al entrar en el museo de arte contemporáneo: todos buscando desesperadamente los títulos de las obras, como si fueran la última coca cola del desierto o la tabla a la que el náufrago se aferra antes de hundirse en las olas de la imitación.
Queremos que el título del cuadro nos diga lo que debemos sentir, invocamos una emoción vicaria en lugar de enfrentarnos al profundo silencio de nuestra verdad más verdadera. Pero es que para eso… hace falta un par.
No importa qué intención tenía Lola Pons. El hecho es que a mí me ha emocionado.
Y no precisamente por ver la barra de un bar llena en la prepandemia.

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